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2008/9/24 Ojos tristes Yo no quiero ver el amanecer con esos ojos tristes. La ilusión se perdió, y la magia escapó hacia un vortice que mi alma no podrá descifrar. Solamente quedó lo que al final esa noche soñé. Quizá hacia mí llegará ese algo especial. Mi mente sabrá poder apreciar lo que el corazón no pudo ver. El viento del cambio sabrá como arreglar los estragos ocurridos en mi interior. 2008/9/19 AparienciasBueno, este es un cuento que escribí hace tiempo a razón de un concurso. Pero, por las circunstancias, no pude participar. Ahora, lo publico aquí con algunas modificaciones (muy leves), para que opinen. Y así, dar señal de vida en la red de redes.Espero que la disfruten. Nombre: Apariencias Autor: Juana Paulina Águila Hernández Basado: Original Capítulos: Único País: México Publicado originalmente: "Te Vig Vroter" La capital del reino mexica se expande por todo el valle de Anáhuac. Todavía no se tenía idea de los españoles, y toda la influencia de Tenochtitlan se extiende por Mesoamérica. Su esplendor es fascinante, las chinampas dan sus frutos a sus habitantes; y, con orgullo, el Popocatépetl se alza hacia el cielo. Durante esa época, cual no se han hallado registros, gobernó un tlatoani que impartía justicia de manera recta. Su nombre era Tlacaelel, y era muy querido por su pueblo, pues había regido a su pueblo de manera honesta y justa, además de ayudar al progreso de sus pobladores. Tlacaelel había sido muy feliz, pues tenía todo lo que un hombre con buen corazón hubiera deseado. Pero, su esposa había muerto hace algunos años, por lo que la extrañaba mucho. Más, sin embargo, tenía alguien quien le recordaba que ella siempre estaría presente: su único hijo Atzin. El joven era un ser valeroso y honorable, que era conocido por su habilidad en las estrategias militares, por lo que había conseguido muchas victorias para su padre. Aparte, era un hombre honorable, por lo que nunca se corrompería con cosas viles y superficiales. Tlacaelel estaba orgulloso de su hijo, pero le preocupaba algo en su actitud: no honraba a su tradición, ni a los dioses que los protegían. No quería decir que no creyera en ellos, o que los ofendiera, pues cumplía con sus mandatos; pero creía que él debía ser independiente, y no necesitar de ellos. Un día, el rey citó al príncipe en su recámara, pues no se podía levantar. Se sentía enfermo, probablemente está cerca su hora de morir. - Padre, ya estoy aquí. ¿Para qué querías verme? - Hijo,… No se como decírtelo. - Dímelo con confianza. - Dijo Atzin, preocupado. Tlacaelel tosió un poco, y su boca se resecó. Su hijo le pasó agua, y empezó a temer lo peor. - Hijo… Creo que debes buscar a alguien para casarte. Estás ya, desde hace mucho, en edad para enlazarte. No quiero presionarte. Estoy de acuerdo en que busques a alguien que ames, tanto como yo amo a tu madre. Pero, pues, estoy… – ¡Papá! ¡No digas eso! – Gritó exaltado, levantándose de golpe. – Es una realidad. Todos tenemos que morir algún día. Será algunos meses, o quizás años… No lo sé. Pero, no quiero que peligre mi reino. Tlacaelel tomó otro sorbo se agua, y, con señas, le indicó que Atzin se sentara a su lado; se sentó, y siguió hablando. - Tenemos que ser objetivos. Yo no soy joven, y mi muerte está ya cerca. Quiero a mis hermanos, pero, son traicioneros... – Guardó silencio un momento, mientras reflexionaba lo que le quería decir a su hijo. Después, miró hacia abajo, y prosiguió. – Bueno… No ayudarían a mis súbditos. Y, quisiera que tú llegaras al trono. - ¿Yo, padre? – Atzin le respondió de manera alarmada, pues no se sentía capaz de manejar a un reino tan grande… Y, más que nada, defraudar a su progenitor. Tlacaelel tomó las manos de sus hijos con firmeza, transmitiéndole la fortaleza que necesitaba. El joven sonrió, sintiendo el amor de su padre. Tres años después, Atzin ya tenía una pareja estable. Su nombre era Cihuateopixqui, y era una dama muy bella, que mostraba habilidad e inteligencia; pero, sobre todo, una ternura y bondad profundas. El tlatoani estaba feliz por su retoño, pero aún temía por su territorio. Una posible guerra se podría evitar si tuviera un nieto, pues así ya no habría pretexto para disputarse el poder del imperio mexica. Así que rogó a los dioses para que le permitieran tener a un nieto, pues quería evitar un posible conflicto civil. Meses después, Tlacaelel murió de un paro cardiaco. Su cuerpo fue ofrecido al dios Huitzilopochtli, ya que en su juventud había sido un hábil guerrero. Su pueblo guardó luto, pues fue uno de los mejores gobernantes que hubieran tenido, y confiaban plenamente que Atzin cumpliría con los designios de su antecesor. Sin embargo, desde el principio de su reinado, los siguientes sucesores planeaban quitarle el lugar al nuevo gobernador. Existió tensión durante varios meses más, hasta que Atzin los reunión en una asamblea para deliberar la solución de este conflicto. Tomaron esta decisión: si Cihuateopixqui no se embarazaba del rey en menos de un año, lo asesinarían; y, además, el siguiente en la línea de sucesión se quedaría con la reina. El joven tlatoani aceptó, no sin saber que su esposa era infértil, un dato que sabía el lado opuesto; y contaban con ese detalle. Cuando lo descubrió, se sintió realmente destrozado. Pero, aún así, amaba a su esposa, por lo que no la hizo responsable de ello. Cihuateopixqui, como leal esposa, va hacia el altar de Coatlicue para que le permitiera tener un hijo. La diosa, mediante visiones, le dijo que podría concebir ese milagro, pero que debía sacrificar algo a cambio. La doncella iba a responder, pero Coatlicue la calló, diciéndole que ella iba a decidir en el momento preciso. Unos escasos meses después, Cihuateopixqui quedó embarazada de Atzin. El joven tlatoani no cabía en gozo, y su corazón se volvió más generoso aún. Pero, los familiares de Tlacaelel estaban furiosos con la noticia, por lo que planearon la muerte de la esposa del Tlatoani. Así que intentaron de varios modos asesinarla, pero siempre fallaban, pues Coatlicue la protegía con su manto sagrado. Yaotl, el líder de los traidores, desesperado, fue a consultar al sacerdote mayor, llamado Acoatl, que estaba desde un principio en desacuerdo del reinado de Atzin, le recomendó que Tezcatlipoca intercediera por él. El guerrero no sabía como, por lo que Acoatl decidió ayudarlos. El alma de Tlacaelel se encontraba rondando en el Mictlán, tratando de cruzarlo. Por medio de visiones, se enteró de lo que pasaba en su reino. Pidió una audiencia con Mictlantecuhtli, el dios de la muerte. Sin chistar, los demonios que rondaban el reino de la muerte aceptaron, por lo que lo acompañaron hacia su gobernante. Cuando entró, notó que no era como las leyendas lo relataban: el dios parecía humano, su piel era albina, y su mirada era fría e inexpresiva. Tlacaelel sintió un escalofrío intenso, y un temor inexplicable, por lo que se inclinó hacia él, poniendo su frente en el suelo. Mictlantecuhtli, con un gesto de su mano, ordenó a todos sus súbditos retirarse de la audiencia. Cuando se encontraron totalmente solos, se levantó de su trono. - Levántate, - ordenó Mictlantecuhtli, - no tienes que preocuparte por que alguien nos escuche. La sala tiene esa función. Pero, si alguien se atreviera a pensarlo, tendría un castigo realmente inimaginable. El antiguo tlatoani se levantó, y se sorprendió al ver al dios de esa manera. - Pero… - Solo pudo exclamar Tlacaelel esa palabra, pues su mente no podía comprender lo que estaba experimentando. - No te preocupes, Tlacaelel, solo utilizo mi apariencia más conocida para bajar al mundo de los humanos… - Tomó la barbilla de Tlacaelel de manera cálida, y lo ayudó a levantarse. – Sé lo que piensas, y no te preocupes. Conozco tu alma y tu vida. Sé que eres generoso, y que amas la vida y a tu reino. Tus intenciones son buenas, pero… - ¿Cómo sabe, mi señor, mis pensamientos? – Preguntó Tlacaelel al dios de la muerte. Cuando notó que había interrumpido al señor del Mictlán, se inclinó de nuevo. – Lo siento, señor. No era mi intención ofenderlo. Mictlantecuhtli lo ayudó a levantarse. En ese momento, su mirada había cambiado, era más cálida, más amable; y su sonrisa, algo tímida, reflejaba bondad. – No soy aquel dios que solo le importa el como dejan la vida los humanos. La muerte es necesaria, y no siempre tiene que ser dolorosa. No soy aquella deidad cruel y despiadada que se alimenta de sangre. Conozco cada suspiro que ocurre dentro de mi reino. - Lo siento, mi señor. – Solo eso alcanzó a contestar, pues nunca creyó ver a alguien en que creía de manera tan cercana. – Señor, sabe a lo que vengo, y me siento preocupado. Mi hijo es bueno, y hace valer la justicia de los dioses, pero mis familiares quieren verlo caer. Por favor, te pido que los protejas, a él y a su esposa. - Entiendo lo que me pides… Pero, no creo podértelo conceder. No es parte de mi jurisdicción. – Continuó hablando Mictlantecuhtli. – Está protegidos por Tezcatlipoca. Pero, lo que puedo hacer, es pedirle la protección de Quetzalcoatl. - Gracias, señor. – Contestó Tlacaelel, que sentía reconfortado. Pero, entiende que su petición tendrá un precio alto. El dios de la muerte se desvaneció, apareciendo segundos después. El viejo tlatoani se sorprendió por la rapidez de la petición, pero lo notaba perturbado. - El gran dios ha aceptado tu plegaria… - La faz del dios del inframundo se notaba seria, y no quería mirar a Tlacaelel a los ojos. – Pero, tendrás que sacrificar algo a cambio. - ¡Lo que sea, por tal de salvarlos! - ¡Nunca digas lo que sea! – Contestó enojado la deidad. – No sabes lo que puedes dar a cambio. Recuerda que no todo es tuyo, y que debes ser listo al hacer tratos. - Lo siento, mi señor. ¿Qué daré a cambio? - Tu alma. Ya no podrás seguir tu rumbo. - Acepto, señor. - Está confirmado tu valor legendario, pero… ¿no te da curiosidad para qué será? - Sí, pero no debo cuestionar sus designios. - Deberías tener una mente más abierta, independiente. El humano hace su propio destino, eso algo que lo distingue de los demás animales. Solo somos una guía para manejar sus vidas. – Mictlantecuhtli se calmó. – Tu alma renacerá en un ser hermoso, pero tendrá que crear sus propias virtudes. Tlacaelel aceptó, por lo que se desvaneció en el aire, dejando a la deidad sola. Uno de los sacerdotes, que apoyaban a la rebelión, le estaba rezando a Tezcatlipoca, cuando, de pronto, varias plumas de quetzal salieron de la nada, flotando suavemente. Poco a poco, se fueron enredando en el cuerpo, clavándose dolorosamente, asfixiándolo poco a poco hasta dejarlo sin vida. Así pasó con los otros traidores. No quedó rastro de ellos. Meses después, el bebé de Atzin nació. Era una hermosa niña. Pero, durante la labor de parto, Cihuateopixqui murió desangrada, dejando a la recién nacida huérfana de madre. La mujer fue honrada como guerrero, por lo que Atzin nunca se volvió a casar. A su hija la llamó Yaretzi. Pasaba el tiempo, y la joven crecía con una belleza impresionante. A la edad de ocho años, ya poseía unos ojos que envidiarían muchas jóvenes. Tenía gracia para bailar, coser y cantar, por lo que todo el mundo la admiraba. Un día, ella salió a un campo hermoso. Pensó que ella merecía esa belleza, por lo que empezó a juguetear entre las flores. De pronto, vio a un pájaro con un ala rota tratando de volar. Ella lo miró con desprecio, lo tomó del cuello, y lo estranguló. -Nada debe tener imperfecciones. Cualquier error debe ser eliminado de este planeta. – Dijo Yaretzi con indiferencia. Con el tiempo, la chica se hizo aún más hermosa en apariencia. Pero, su mente era perversa, y su alma no había conocido el interior, por lo que pensaba en cosas superficiales. Si veía una joya sin simetría, mandaba destruirla, así como ejecutar al artesano creador. Si no le gustaba una flor, mandaba quemar el prado de donde se recogió. El desprecio del pueblo fue creciendo en gran medida, pues eran discriminados por la princesa. El rey vio eso con ojos tristes, pues amaba a su hija, pero sabía que su pueblo tenía razón. Trató de hablar con su pequeña hija, pero fracasó en el intento, pues nunca podía refutar sus argumentos. Yaretzi llegó a la edad de veinte años. Ya está en edad para casarse. La festejaron con una gran fiesta, aunque ella no estaba satisfecha. Pero, por amor a su padre, no hizo lo que siempre acostumbraba. Tlacaelel, curioso, le preguntó cuál había sido su deseo. Y ella respondió: - Quisiera casarme con el hombre más hermoso del mundo. El tlatoani se preocupó, pues conoce bien el concepto que tiene Yaretzi que tiene para la palabra “hermoso”. Siente que no la ha educado bien. Así que va a rezar al altar del dios supremo. Por primera vez en su vida, siente la necesidad de acercarse a los dioses. ¡Bien se lo recalcaba su padre! Se hincó ante la estatua de Quetzalcoatl, y lloró ante su presencia. Le rogó que su hija descubriera la verdadera belleza de la naturaleza humana. El dios parecía no escuchar. Unos años después, Yaretzi conoció un joven guerrero del ejército de Atzin. Él era guapo, pero tenía un corazón vacío. Sólo le interesaba ser más fuerte para demostrar su arrogancia. El tlatoani estaba inconforme con esa relación, pero no podía interferir en ella, pues la princesa estaba enamorada de él, y ya la había pedido para matrimonio. Transcurrieron unos años, y la guerra contra los chichimecas estalló. Yaretzi aún no se casaba con Coyolli, por lo que quedaba una esperanza para Atzin. La princesa lloró la partida de su amado y de su padre, por lo que siempre oró para asegurar su buen regreso. Pero, tiempo después, el tlatoani regresó mal herido, con toda su gente sin sentido. Pero, tenían el orgullo en alto, pues volvieron como vencedores. La princesa, que era ya una mujer demasiado bella, corrió a su encuentro, así para ayudar a los guerreros. Buscó con insistencia a su amado, pero no lo encontró. Simplemente, su padre le dijo que murió. Ella corrió hacia el templo mayor, y se encerró en la sala de las sacerdotisas. Allí, lloró durante meses, hasta que sus lágrimas la cegaron. Atzin, al darse cuenta, le rogó a Quetzalcoatl que la curara. Pero, el dios dijo que no, ya que él lo había deseado así. El tlatoani no entendió, pero el ser supremo le recordó que hace años, el gobernante le pidió que su hija descubriera la verdadera belleza. Resignado, llevó a su hija junto con los soldados para que la atendieran. Ella solo podía escuchar ruidos al su alrededor. Se sentía sola, aún de estar rodeada de una gran multitud. Quería morir, pero no sabía donde se encontraba, y no podía tomar objeto alguno. Pensaba que era inútil, por lo que su angustia llegaba a otros enfermos. Un día, cuando ella se sentía angustiada, llegó un joven a su cama. Se sentó a su lado, y observó como lloraba la princesa. Ella sintió su presencia, por lo que se quiso alejar… pero, se cayó de pecho al suelo, lastimándose. Quería levantarse, pero no pudo, por lo que se sintió derrotada. Él la quiso ayudar, pero Yaretzi lo rechazó. Hizo varios intentos fallidos por levantarse, hasta que, resignada a su suerte, lloró de amargura. - Princesa, - dijo el joven, - no debería ser tan orgullosa. Aleja a aquellos que la quieren. - ¡Qué te importa! – Le respondió ella con amargura. - ¡Nadie me quiere! Todo lo que amaba se ha ido de mis manos. Él, aún con las negativas de la princesa, la ayudó a reponerse. Él estuvo a su lado por mucho tiempo, hasta que ella le contó lo que le había pasado. Y, le preguntó su nombre. - Me llamo Hiuhtonal, y soy un guerrero jaguar. Estuve muy cerca de tu padre, el venerable tlatoani. - Soy Yaretzi, y… estoy ciega. - Pero, eso no te impide ser feliz. Tu prometido murió en batalla, como leal guerrero. Durante varios meses, ella estuvo abriéndose, hasta apreciarlo. No sabía que existiera un ser tan inteligente, amable, servicial… Simplemente, lo creía perfecto. Regresó al fin a su hogar. Su padre estaba muy feliz por eso, pues la veía más alegre, más servicial… más humana. Ella le contó de Hiuhtonal, y de lo que habían platicado. Él se preocupó, por lo que le contó la verdad: Hiuhtonal es un general allegado, un excelente estratega. Él le confió la vida de Coyolli, pero que había fallado, pues el prometido quiso “lucirse”, pero no lo logró. Hiuhtonal, arriesgando su vida, trató de salvarlo, pero, solo pudo verlo agonizar. En esa batalla, perdió una de sus manos, la oreja y un ojo. Además, quedó con una gran cicatriz que le atravesaba toda su cara. Yaretzi se sentía mal, pues siempre despreció a aquellas personas que tenían alguna imperfección. Pero, también, se sentía aliviada. No era admiración lo que sentía, sino amor verdadero. Corrió hacia él, pero, se perdió en medio de la ciudad, cayendo en un pozo que se había creado por las fuertes lluvias. Se sentía miserable, pues pensaba que iba a morir en medio de la oscuridad. Todos las buscaron por días, hasta que Hiuhtonal la escuchó sollozar. Saltó al pozo así sin más, con tal de acompañarla en medio de la oscuridad. La abrazó fuertemente, y ella acarició su cara. Confirmó con eso sus palabras, por lo que lo besó apasionadamente. El joven guerrero se sintió apenado, por lo que la alejó delicadamente, y la ayudó a salir de ahí. Su padre vio a su hija algo excitada, por lo que solicitó una explicación. Él se postró ante él, llorando, diciendo que se enamoró de ella, y que la besó sin su consentimiento. Ella, consternada, se acercó a su padre, pues ella lo amaba, y no quería perderlo. Pero, por una extraña razón, Atzin le pidió a Hiuhtonal que se levantara. Yaretzi se dio cuenta que podía ver, por lo que observó la cara del muchacho. -Tienes unos ojos hermosos, y un alma brillante. Te amo, Hiuhtonal. Ella lo besó de nuevo, y él le correspondió de la misma manera. Al ver eso, el tlatoani les dio su consentimiento, casándose meses después. Al final, él pudo creer. Al final, ella pudo ver la verdadera belleza. |
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